El sueño de casi todos los inventores: el movimiento contínuo


En todos los tiempos, jóvenes exaltados y hombres maduros, acuciados por extrañas alucinaciones, han soñado con la invención del movimiento continuo y han construido miles de máquinas que marchaban en el papel, pero que se negaban, contumaces, a hacer perdurar su movimiento en la realidad. No hay que creer que los buscadores del movimiento continuo son siempre locos o desequilibrados. Es claro que hoy un físico, que conoce las leyes que rigen el Universo, no perderá su tiempo en la invención de semejante fantasma. Pero muchos jóvenes, que luego llegaron a ser sabios famosos, han pasado meses y aun años ideando la forma de construir la máquina maravillosa.

Así, el gran físico alemán Ostwald cuenta la gran desilusión que sufrió al no lograr la solución del problema, pero lo mucho que aprendió reflexionando sobre su fracaso. Un filósofo inglés dijo que la diferencia entre un tonto y un hombre inteligente no consiste en que aquél cometa errores y éste no; la diferencia consiste en que el hombre inteligente sabe sacar enseñanzas de sus errores. ¿Qué es el movimiento continuo? La denominación induce a error, pues puede llevar a creer que se trata de encontrar una máquina que funcione continuamente. No es eso lo que buscan los inventores. Se busca una máquina que produzca trabajo a costa de nada, sin consumir energía.

Por ejemplo: una máquina de vapor produce trabajo, pero es a costa de algo, del calor o energía entregado por el carbón o leña al quemarse. Un molino de viento puede sacar agua de un pozo, pero es a costa de la energía del viento, que a su vez no sale de la nada: es producida por la energía solar, que provoca calentamientos locales en la atmósfera y de ese modo origina las corrientes de aire. Hay también, vistosos aparatitos, especie de molinetes que suelen verse como muestra en algunas casas de óptica, que andan solos: en realidad marchan a costa de la energía luminosa; la luz está compuesta de corpúsculos pequeñísimos y, cuando todos vienen en la misma dirección, esta granizada compuesta por billones de partículas puede mover un delicado mecanismo: es un verdadero molino de luz. Del mismo modo, los relojes sin cuerda marchan a costa de los movimientos de las pesas, que bastan para comunicarles la energía necesaria para su funcionamiento.

Todos los intentos de fabricar aparatos que trabajen a costa de nada han fracasado. La experiencia acumulada en tantos siglos de ensayos infructuosos se resume en uno de los más grandes principios de la física, el llamado principio de conservación de la energía, que dice: La energía del Universo no se crea ni se aniquila; sólo pasa de una forma a otra. Este famoso principio no ha sido refutado nunca por la experiencia. Sin embargo, muchos relojeros y mecánicos siguen persiguiendo la invención del movimiento continuo y siguen enviando sus diseños a las academias científicas, donde pasan al canasto sin ser revisados.