La arquitectura, la pintura y la escultura en China


Los chinos, como los japoneses, se preocuparon más por los elementos decorativos que por el plan estructural. Barnices transparentes y lacas vistosas, rojas, negras, doradas o azules, aplicados sobre madera, hierro, cobre o bronce, alternan en lo decorativo dándole un sello muy personal y característico.

La arquitectura china, clasificada tradicionalmente por dinastías, comprende palacios, templos, portadas triunfales y tumbas. Sus palacios, como el del Emperador; sus templos, como el de Leo, en Pekín; sus torres, como la torre campanario de Porcelana, en Nankín, de nueve pisos, destruida durante las sangrientas guerras civiles de mediados del siglo pasado, se caracterizan por el extraordinario sentido de la verticalidad que los distingue.

La doctrina de Confucio no influyó en la arquitectura porque en China no hubo una casta sacerdotal y porque, más que religión, fue un compendio de moral. Por eso cuando el budismo se difundió en el país, en la segunda y tercera centuria de nuestra era, los chinos no tenían aún tradición en materia de arquitectura religiosa.

Dentro de la arquitectura religiosa budista, la pagoda fue, probablemente, la construcción más típica. Aunque, al parecer, los artistas chinos tomaron la idea de la India, ella constituyó la expresión más acabada de su propia arquitectura. En muchas oportunidades la pagoda deja de ser templo o monasterio para revestir carácter puramente conmemorativo. Su forma más típica es de base octogonal con un techo curvo, artísticamente trabajado.

Otras manifestaciones de este arte son los puentes y, sobre todo, la Gran Muralla China, gigantesca obra militar de gran aliento, cuya idea fue tomada de los caldeos. La Gran Muralla, con las altas torres que la interrumpen, corre serpenteando por montes y valles en una extensión de más de 2.400 kilómetros.

En la escultura china se distinguen dos períodos bien definidos: el primero se caracteriza por su originalidad libre de influencias extrañas, tales como los bajos relieves de la dinastía de los Han, y el segundo, por la evidente influencia hindú, rica en fantasías como todo el arte de ese país.

En cuanto a los orígenes de la pintura se ha dicho que son remotos; fundiéndose con el mito y la leyenda, se ubica a comienzos del siglo ii a. de C, en tiempos del emperador Han-Wu-Ti (140-86), el probable nacimiento de la pintura retratista. Las crónicas de la época dan nombres de pintores, funcionarios, letrados, y hasta de un general del ejército imperial, que se dedicaron a la pintura, pero nada queda de la labor artística de estos precursores.

Con la introducción del budismo se operó un cambio fundamental en la concepción artística de los chinos. La entrada en el país de pinturas y esculturas indias influyó poderosamente en esa metamorfosis. Desde entonces la pintura propiamente dicha, de la que quedan múltiples testimonios, comienza a desarrollarse notablemente. Persiste el sentido ideográfico-caligráfico, pero sus artistas incorporan ahora el paisaje, donde buscan lo pintoresco como motivo principal de su temática.

Entre los pintores más afamados tenemos a Sie-Chuan-Se, que se destaca por las escenas de cacería que nos dejó; Uang-Uei y Chen-Cheu, paisajistas del siglo xv; posterior a ellos es Uen-Cheng-Ming, colorista del siglo xvi, que se equipara a las grandes figuras de la pintura universal.