LAS CAMPANAS MILITARES DE UN CABALLO


Miguel Caxaraville, nacido por los pagos de Chascomús, al comienzo de las pampas, en la Argentina, era hijo de un hacendado de la zona, y entró a servir, en la época de la Independencia, en calidad de soldado distinguido en el famoso cuerpo de Granaderos a Caballo creado por San Martín.

Era norma del regimiento que cada soldado, oficial o jefe, debía tener un caballo, que era mantenido a pesebre por cuenta del Estado. Caxaraville mandó traer de una estancia de su padre situada en los Montes Grandes, al Sur de Buenos Aires, un caballo colorado para su servicio exclusivo.

En 1814, siendo ya alférez, marchó a la campaña del Alto Perú, a las órdenes de Belgrano, llevando su alazán. Hizo con él las campañas hasta Sipe-Sipe, el 24 de noviembre de 1815, en que salió herido de bala.

En 1816 marchó a Mendoza, a la formación del Ejército de los Andes. En enero de 1817 ascendió la cordillera por el camino de Los Patos, con el ejército de San Martín, y se halló en la batalla de Chacabuco, en que fue herido de un balazo, el 12 de febrero de 1817; en el combate de Cancha Rayada, el 19 de mayo de 1818, y en Maipú, el 5 de abril; hizo, además, toda la campaña del sur de Chile en 1819, y participó en las acciones de Bío-Bío, en los encuentros con los indios y en infinidad de guerrillas.

En cierta oportunidad, en la segunda campaña del sur de Chile, el coronel Zapiola, jefe de los Granaderos a Caballo, iba en persecución de los regimientos del general español Sánchez, últimas fuerzas de los realistas que habían quedado dispersas después de su derrota por San Martín en los llanos de Maipú.

En su persecución, Zapiola marchó hacia el paso Real del Nuble, a tres leguas de Chillan, y dejó de observador al capitán Gregorio Millán y su compañía. Al día siguiente, de madrugada, los granaderos de Zapiola pasaron al río casi a nado, y apenas concluido el pasaje vieron venir en fuga completa a Millán con su compañía, y como a 300 enemigos tras él, hasta estrecharlo sobre la barranca, en donde lo habrían acuchillado a mansalva si el arrojado teniente Caxaraville, jinete siempre en su famoso zaino colorado, con unos cincuenta granaderos no hubiera vuelto caras, y con el mayor denuedo los cargara hasta rechazarlos y ponerlos en precipitada fuga, después de matar unos cuantos de ellos.

De regreso a Buenos Aires, Caxaraville trajo a su leal y esforzada cabalgadura. En 1825 aún vivía el Decano, como lo llamaban, de nuevo alojado en la estancia de los Montes Grandes, agobiado por los años. Pero cuando oía sonar algún clarín, o, adrede le simulaban el silbido de las balas, alzaba su pesada cabeza, se incorporaba, y sus ojos marchitos por los años volvían a despertarse y a brillar, y se corrían avaros de lejanía de una manera terrible. ¡Ése fue el alazán famoso de Caxaraville!


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