Narciso López, el precursor de la independencia. La guerra de los diez años


La del general Narciso López, venezolano al servicio de España la mayor parte de su vida, es una de las personalidades más espectaculares de la mitad del siglo pasado. Ingresó muy joven en las filas del ejército español, y alcanzó en ellas el generalato; también fue senador del reino, y finalmente gobernador de Trinidad. Trabó allí relación con elementos revolucionarios cubanos, y, destituido de su puesto, organizó una vasta red de conspiradores a la que se llamó la Mina de la Rosa Cubana; los azares de tan peligroso juego obligáronlo a huir a Nueva Orleáns, de donde tornó a Cuba al frente de una expedición que logró apoderarse de la ciudad de Cárdenas. Aunque al poco tiempo fue obligado a reembarcarse, el 12 de agosto de 1851 pisó tierra de Cuba por segunda vez. Peleó contra los españoles en varios combates, hasta que, aprehendido y llevado a La Habana, fue sentenciado a muerte y ejecutado en garrote vil el 1" de setiembre de ese mismo año. López enarboló en sus campañas el actual pabellón nacional cubano.

También en 1851 alzáronse contra el poder español los patriotas Joaquín de Agüero e Isidoro Armenteros, y cuatro años más tarde, Ramón Pintó y Francisco Estrampes; aunque estos movimientos fueron sofocados, fue notable su influencia en la propagación de la idea de liberación.

El 10 de octubre de 1868, Carlos Manuel de Céspedes, después de libertar a sus esclavos en su finca La Damajagua, se levantó en armas y al grito de "¡Viva Cuba Libre!", pronunciado en Yara, se lanzó a la lucha por la libertad. Ésta fue la chispa de la famosa guerra de los diez años o "la guerra grande", que terminó oficialmente el 28 de mayo de 1878. Fue una empresa verdaderamente heroica. Los mambises, que así se designaba a los soldados cubanos de aquella época, peleaban desprovistos de toda arma, y a pesar de esto, movidos tan sólo por el ideal de la independencia, se mantuvieron diez años en la manigua. Secundaron a Céspedes en Camagüey, Salvador Cisneros Betancourt, una de las figuras más preclaras de la región, e Ignacio Agramonte, quien salió de Puerto Príncipe para unirse a los libertadores. El general Domingo Dulce, gobernador de la isla, hizo proposiciones de paz, prometiendo reformas, pero su oferta no fue aceptada, lo que ocasionó una reacción doblemente terrible que convirtió las calles de La Habana en teatro de las más espantosas atrocidades.

El general Balmaceda publicó el inhumano Bando de Reconcentración, por el cual se ordenaba el alistamiento de los campesinos en las guarniciones. Los villareños se unieron a los camagüeyanos y orientales, y en la famosa Asamblea de Guaimaro, el 10 de abril de 1869, aprobaron la Constitución de la República de Cuba. Allí se adoptó asimismo como bandera nacional la que enarboló Narciso López, que es la que hoy tiene la república. Fueron elegidos presidente de la República en Armas, Carlos Manuel de Céspedes, y general en jefe, Manuel de Quesada. Éste fue depuesto del cargo por la Cámara y sustituido por el general estadounidense Thomas Jordán, que había desembarcado al frente de la expedición del Perrit. La revolución tuvo grandes quebrantos. Durante el gobierno de Balmaceda ocurrió uno de los episodios más trágicos de esa época turbulenta: el fusilamiento de los estudiantes de medicina, a quienes se acusó de haber profanado la tumba de Gonzalo Castañón, periodista español, en el cementerio de La Habana. Fueron sometidos a un proceso sumarísimo y fusilados. Dos años después cayó Agramonte en los campos de Jimaguayú (provincia de Camagüey), y su muerte fue una gran pérdida para la revolución. Céspedes fue destituido de la presidencia y se nombró en su lugar a Salvador Cisneros Betancourt. En San Lorenzo cayó Carlos Manuel de Céspedes, primer presidente de la República en Armas. En 1875 el general Máximo Gómez, héroe de las batallas de Palo Seco y Las Guásimas, los combates más sangrientos de "la guerra grande", pasó la trocha Júcaro-Morón, que los españoles creían infranqueable. Y surgió entonces Antonio Maceo, el titán de bronce, como lo llamaban los mambises. Maceo fue elemento vital de la guerra por su arrojo, su acendrado patriotismo, su valor personal y su estrategia. Los patriotas dominaban completamente la situación y el estado de la guerra les era favorable cuando el general Vicente García asestó, en el lugar conocido por Lagunas de Varona, un golpe de muerte a la revolución. Salvador Cisneros Betancourt renunció a su cargo y fue sustituido por el coronel Bautista Spotorno. El 29 de marzo de 1876 fue elegido Tomás Estrada Palma (primer presidente que tuvo Cuba independiente). Sus esfuerzos para evitar el fracaso de la revolución resultaron inútiles. Fue hecho prisionero y lo sustituyó interinamente Francisco Javier de Céspedes.

Fácil le fue entonces al general español Arsenio Martínez Campos verificar la obra de pacificación, logrando que se firmara el famoso Pacto del Zanjón, el 10 de febrero de 1878, que estableció la paz por un tiempo. Para que depusieran las armas los insurrectos, este pacto establecía, entre otras cosas, libertad y respeto para los combatientes, indulto para los desertores del ejército español y de cuantos sufrieran condena por la causa; la abolición de la esclavitud, reformas gubernamentales y autonomía colonial. Los jefes más representativos de la revolución firmaron el pacto, pero algunos, entre ellos Antonio Maceo y Vicente García, no lo aceptaron. Mientras se firmaba, Maceo aniquilaba en Monte San Ulpiano al batallón de San Quintín. Maceo y otros oficiales lanzaron una protesta en la Sabana de Baraguá y nombraron presidente provisional al general Manuel de Jesús Calvar. En junio de 1878, el territorio de Cuba fue dividido en seis provincias: Pinar del Río, La Habana, Matanzas, Santa Clara, Puerto Príncipe y Santiago de Cuba. El gobierno provisional, de acuerdo con Martínez Campos, decidió enviar a Maceo al extranjero, buscando una salida para capitular. Maceo se marchó, y ese mismo año el gobierno de la República en Armas se sometió al fin.