Lo que el progreso automovilístico debe a Henry Ford


Aunque el automóvil existía desde comienzos de la presente centuria, el impulso definitivo de la industria automovilística fue dado por un invento que a primera vista parecería totalmente desconectado de ella: la llanta neumática. El motor de combustión interna, normalmente empleado para dar impulso a los automóviles, se utilizaba desde antes en máquinas industriales fijas. Y tanto el chasis o bastidor como la carrocería montada sobre él, fueron sólo adaptaciones de las corrientes en los vehículos de tracción animal. Pero la llanta neumática fue lo que hizo posible el rodamiento del nuevo coche, con relativa comodidad, sobre los malos caminos de aquellos días.

La figura más importante en la popularización del automóvil fue indudablemente el estadounidense Henry Ford (1863-1947), quien no sólo ganó, en un juicio célebre, la patente fundamental para la aplicación de motores de combustión interna al nuevo vehículo, sino que impuso la fabricación en serie y la normalización en tamaño y forma de las innumerables piezas de que consta el automóvil. Esto permitió que tanto el montaje como la reparación de las unidades se simplificaran considerablemente; con sólo reemplazar la pieza fallada, el desperfecto quedaba reparado. Esto facilitó a su vez la fabricación de vehículos a bajo precio, accesibles a la clase media.

El modelo T, el famoso Ford T que desde 1909 se distribuyó por todo el mundo, incluso en los más alejados rincones, fue el primero al que este precursor de la industria automovilística aplicó sus principios. Durante dos décadas se fabricaron millones de unidades, que utilizaron hombres de trabajo de todas partes. Más de medio siglo después, muchos de aquellos vehículos suelen verse aún en rodamiento en ciertas pequeñas villas de algunos países.