¿Qué se hace de la luz que se extingue?


Para poder contestarnos esta pregunta tenemos que tener en cuenta que la luz es una forma de energía, de la misma manera que lo es el calor. Con respecto a este último no nos cabe duda de que una vez que ha sido irradiado por un cuerpo se propaga por el espacio hasta ser absorbido por otros cuerpos. Quizá nos parezca extraño que algo semejante pueda ocurrir con la luz. Sin embargo, aunque no lo parezca es así; la luz, una vez que ha sido irradiada por una fuente, sea el Sol, una estrella, una llama o una lamparilla eléctrica, se propaga por el espacio hasta ser absorbida por otro objeto. En muchos casos es parcialmente absorbida y parcialmente rechazada o reflejada. Los cuerpos que aparecen ante nuestra vista de color negro son precisamente los que absorben totalmente la luz; en cambio, los que vemos coloreados, cualquiera sea el color, absorben parcialmente la luz y en parte la rechazan; a su vez, los que se nos presentan de color blanco reflejan totalmente la luz.

Como decíamos al comienzo, la luz es una forma de energía; por tal razón, cuando es absorbida por un objeto se transforma en otra forma de energía, o sea que no se ha destruido; esta transformación da lugar, a veces, a reacciones químicas, y en ciertos casos hasta produce corrientes eléctricas. En efecto, esto sucede con las llamadas células fotoeléctricas, con las cuales los físicos han logrado hacer verdaderas maravillas, que culminaron en la televisión. En la célula fotoeléctrica la luz que incide sobre ella se transforma en corrientes eléctricas, tanto más intensas cuanto mayor es la cantidad de luz incidente. Algo similar ocurre con la célula fotovoltaica, con la cual se logra obtener tensiones eléctricas al ser expuesta aquélla a la luz.

Podríamos mencionar todavía otro maravilloso fenómeno que ocurre en el reino vegetal: la fotosíntesis; mediante este mecanismo las plantas absorben la luz, y aprovechando dicha energía forman un gran porcentaje de su masa, multiplican sus células y fundamentan la vida de los organismos que pueblan nuestro planeta. El motor de todo este gran proceso es la luz solar, que, al dar energía a los sistemas enzimáticos de las plantas, les permite absorber los alimentos de la tierra, y transformarlos desde su forma elemental, inorgánica e inactiva, en complejos orgánicos, por cierto altamente activos.