MOISÉS EN EL NILO - Víctor Hugo


Moisés, el gran profeta y legislador de los hebreos, vio la luz en Egipto, en el año 1705 antes de Jesucristo. Por aquella época, el faraón o rey del país había dispuesto que fueran muertos todos los niños judíos que nacieran, echándolos al rio. Tres meses tuvo la madre de Moisés, escondido a éste; mas, no pudiendo ya encubrirlo por más tiempo, tomó una costilla de juncos, la calafateó con betún y pez. colocó dentro al infantino y lo expuso en un carrizal de la orilla del Nilo. A esta sazón bajaba la hija del rey a bañarse en el rio, y asi que vio la cestilla, la sacó del agua, compadeciéndose del pobre niño al que acabó por prohijar. Víctor Hugo se refiere en estos versos a esa vieja tradición bíblica.

“Venid, hermanas: a la luz naciente
Del sol en esta orilla pintoresca,
La tranquila corriente
Del caudaloso Nilo está más fresca:
Aun descansadamente
Duerme en su choza el segador; desierto
El ancho campo está; rumor incierto
Levanta apenas la ciudad lejana.
Nuestros castos placeres, al abrigo
Del frondoso ramaje, por testigo
Sólo tendrán la luz de la mañana.

“De las lujosas artes
El mágico esplendor por todas partes
En el palacio de mi padre brilla;
Pero es más bella a mis cansados ojos
Esta campestre orilla,
Que la esculpida fuente
De blanco mármol o de jaspes rojos.
Los trinos, no aprendidos, de las aves
Son para mí los cantos más suaves;
Y el soplo embalsamado del ambiente
Al aroma prefiero
Que humea en esmaltado pebetero.

“¡Se desliza tan mansa la corriente!
¡Brillan tanto los cielos!
La corona quitadme de la frente,
Desceñidme estos velos;
Pues con vosotras en el seno frío
Quiero jugar del murmurante río.
iVenid: démonos prisa:
Mas ¿qué es aquello ¡oh Dios! que se divisa

Sobre el agua, cubierto
Por la bruma indecisa?
No temáis: será palma del desierto
Por la veloz corriente arrebatada.
Mas ¿qué mis ojos ven? Es la sagrada
Barquilla de Hermes o la concha de Isis,
Que la brisa conduce cariñosa.
Pero no; es breve esquife en que reposa

Un niño, que en las aguas se adormece,
Cual de su madre sobre el dulce pecho;
Y en el raudal parece
Flotando, el breve lecho,
De candida paloma pobre nido.
¡Cuan tranquila la misera criatura
Reposa en sueño blando
Mientras la están las aguas columpiando

Sobre su sepultura!
Ya despierta: venid; ¿no habéis oído?
Llora. ¿Qué madre impía, ¡santo cielo!
Habrá podido abandonarlo? Tiende
Las manos sin consuelo:
No hay salvación alguna,
Y sólo de la muerte lo defiende
De mimbres débil cuna.

“¡Oh!; ¡salvemos, salvemos su existencia!
Quizás es hijo de Israel: mi padre
Los proscribe, ¡proscribe la inocencia!
¡Qué injusta crueldad!: ¡infeliz niño!
Yo quiero ser tu madre
Tu desgracia despierta mi cariño:
No te la di, mas guardaré tu vida.

Ifis hablaba así, la hija querida
De un rey poderosísimo, y sus huellas
Seguían juntas en alegre coro
Sus hermosas doncellas:
Y más hermosa que ellas,
Si la esbelta princesa desceñía
Su vestidura azul, bordada de oro.
La diosa de las aguas parecía.

Ya tiembla, porque roza
Su delicada planta el agua fría;
Pero avanza, y al niño que solloza
La compasión la guía.
Ya la cuna alcanzó: por vez primera
Al candor inocente
Se unió el orgullo en su serena frente.
A lentos pasos torna; en la ribera
Deja la humilde cuna
Sobre el musgo florido,
Y sus doncellas todas, una a una,
Sonriendo al infeliz recién nacido,
Con alegre embeleso
Imprimen en su frente dulce beso.

Ven, ven; tú que a lo lejos apartada,
Por duda horrible el corazón opreso,
Mirabas a ese niño, cuya vida
Dios protector guardó: no temas nada.
Ven cual desconocida;
Estrecha entre tus brazos
Al hijo de tu amor: esos abrazos,
Ese llanto feliz, ese cariño,
No tengas miedo que te vendan:  ¡Ifis
No es madre todavía!

Y mientras lleva la doncella pía
Al despiadado rey el tierno niño,
Aun bañado en los lloros maternales,
En el cielo resuena la armonía
Del querubíneo coro,
Que al compás de las arpas inmortales
Dice en himno sonoro:

“No solloces, Jacob: no más tu llanto
En servidumbre dura
A la corriente impura
Mezcles del ancho Nilo el Jordán santo
Te brinda sus riberas.
Llega el día, las horas van ligeras:
Del tirano la cólera abatida
Verá Gesén las tribus prisioneras
Huyendo hacia la tierra prometida.

“Ese niño, en las aguas sumergido.
Que liberta una virgen de la muerte
De Dios en el Siná será escogido,
Él será de las plagas el rey fuerte.
Humillaos, mortales, que altaneros
Miráis al cielo con desdén profundo.
Esa cuna, que veis sin conmoveros,
A Israel salvará, salvará al mundo.”