ODA A DIÁGORAS, RODIO, PÚGIL - Pindaro


Pindaro fue el mayor de los poetas líricos griegos. Nació en Cinocéfalos o en Tebas (Beocia), por los años de 520 antes de Jesucristo, y murió hacia 440. En la oda que va a continuación celebra el poeta a Diágoras y sus ascendientes, y llegó esta poesía a ser tan estimada entre los griegos, que, según es fama, la escribieron con letras de oro en el templo de Minerva, en Gnido. El personaje celebrado en la oda fue un famoso atleta, notable principalmente como púgil, el cual salió dos veces vencedor en el pugilato de los juegos olímpicos, cuatro en los juegos ístmicos, dos en los juegos nemeos y una, por lo menos, en los píticos. Alcanzó, además, otras muchas victorias de menor importancia. El entusiasmo que despertaban entre los griegos los juegos olímpicos, era realmente extraordinario. A este respecto, la tradición ha conservado la siguiente anécdota: Siendo ya viejo Diágoras, marchó a Olimpia con sus dos hijos, Acusilao y Damogetes. Los dos quedaron vencedores, y llevando sobre sus hombros a su padre, le pasearon a la vista de los espectadores, que le cubrían de flores y le gritaban que había llegado a la cúspide de la gloria humana. Para conmemorar dignamente los triunfos del atleta, le erigieron en Olimpia una estatua.

Como aquel que de mano poderosa
Recibe el áureo vaso donde el zumo
De las vides rebosa,
Con el que brinda al juvenil hermano
De su querida esposa,
Y de albergue en albergue va cundiendo
El júbilo y alegre va ofreciendo
El dios de los placeres, soberano,
Y después llega a todos sus amigos
El gozo despertando,
De su ventura haciéndoles testigos,
Y el techo familiar tan digno honrando;

Así conduzco yo con alegría
A los fuertes, intrépidos varones
Que en los juegos mostraron a porfía,
Ya en los Pitios u Olímpicos, su esfuerzo,
Llevando el dulce néctar y los dones
De las excelsas Musas. ¡Venturoso
Aquel a quien levanta y favorece
Tan ilustre renombre,
Y a quien canta con eco melodioso
La dulce flauta y la sonora lira
. Que moludar parece
El vario son con que a la vez suspira!

Una y otra tocando
Con Diágoras hoy alce mi acento,
Las gracias alabando
De la hija del mar y de Citeres,
De Rodas la que anima audaz aliento
Y que es ninfa del sol. Mis alabanzas
También al hombre ilustre se dirijan,
Del laurel de los héroes coronado
Junto al sagrado Alfeo,
Y do se muestra la Castalia fuente,
Por haber la victoria conseguido
Del Pugilato ardiente;
Y cante a Demageto,
De la justicia el campeón discreto,
Del Asia morador en los Argivos,
El de las seis ciudades en la isla
Que fértil fruto de su tierra obtiene,
Y enfrente y con figura
De la proa de un buque, a Licia tiene.

A aquellos que del noble Tlepolemo
Descienden, se dirige el canto mío:
Que deudos son de Alcides
A la vez que de Júpiter supremo
Y de Astidamia, de Amintor ilustre
La celebrada hija. Al desvarío
O a mil errores la agitada mente
De los hombres conduce,
Y por eso el mortal difícilmente
Conoce apenas lo que el bien produce.

Lo que más al acierto se encamina,
En el presente o lo futuro ignora,
Pues que a Licinio, el desdichado hermano
De Alemena con crueldad aterradora
Con duro tronco de robusto olivo
Dio la muerte inhumano,
Ambicioso más bien que vengativo,
En la agresión impía,
Al dejar de Midea,
La madre suya, la mansión un día.
Como el sabio escuchó dentro del alma
La voz de la conciencia a su delito,
Y perdida la calma,
Llegó a sentir remordimiento fiero,
A consultar al dios marchó contrito
Lo que guardaba el tiempo venidero.

Y el que adorna su faz de áureos cabellos
Desde el Adito lleno de perfumes,
A la margen Lernea
Ordenóle enviase
Un bajel poderoso donde aquellos
Azules mares a la tierra ciñen;
Donde el dios que el Olimpo regentea
El oro en lluvia derramó grandioso;
Donde Palas saliendo de la frente
Del padre ilustre con la diestra armada
De la segur luciente,
Por el mismo Vulcano fabricada,
Se vio de tal manera,
Temible alzar su acento poderoso,
Temblar haciendo la anchurosa esfera.

Y aquel dios que difunde en los mortales
El ígneo resplandor, mandó a sus hijos
Observaran entonces las señales
Del porvenir incierto;
Y que erigiesen a la sacra diosa
Los hombres, en su culto siempre fijos,
También dispuso el ara majestuosa,
Y que a la vez que al padre, el holocausto
A la doncella que la lanza esgrime,
Con el debido fausto
Ofreciesen espléndido y sublime.
A los hombres, en cambio,
Prometeo, Ofreció la virtud y la alegría
Que entre todos entonces reinaría,
De tal modo llenando su deseo.

Las sombras que levanta el torpe olvido
Y que a veces de súbito se elevan,
Por sendero torcido
Al no seguro pensamiento llevan.
Al llegar a ofrecer el holocausto,
Pronto advirtieron se olvidó la lumbre
Para el sagrado altar del dios supremo,
Y pobre fue la ofrenda presentada
Del alto monte en la riscosa cumbre.
Pero Jove, no obstante, del tesoro
De sus grandezas, les mandó una lluvia
Sorprendente y copiosa
En raudales de oro,
Y Minerva, no menos por su parte,
Mandóles generosa
La luz divina con que irradia el arte.

Y dióles que salieran de sus manos
Artísticos primores
Aclamados después cual los mejores
Que produce el saber de los humanos.
Por donde quiera en la ciudad se alzaba,
En actitud diversa, la figura
Del hombre y de la fiera,
Que con orgullo el pueblo contemplaba
Pues ornamento de sus calles era,
Y evidente señal de su cultura.
El supremo saber halla en seguida
El hombre docto; el que narró la historia
Que de nosotros dista tan lejana,
Refiérenos que al ser por las deidades,
Por el potente Jove dividida
La tierra en las edades
Que de todos están en la memoria,
Oculta para el mundo,
Del insondable mar en lo profundo,
Encontrábase Rodas escondida.

Mas como ausente se encontraba Febo
Y nadie entonces su misión tuviera,
El espléndido dios se vio olvidado,
Y de tal partición se le excluyera.
Al advertirlo Júpiter, de nuevo
A la suerte fiar quiso el reparto,
Pero aquella deidad no consintiólo,
Diciendo que esa tierra que salía
Del seno de la mar, bastaba sólo
Para ver de sustento al hombre harto,
Y al ser irracional que contenía.

Y a la Parca Laquesis, que recoge
Con la dorada cinta sus cabellos,
Que extendiera sus manos
Mandóle, y que no hiciera fuesen vanos
Con su infalible decisión los votos
De los dioses aquellos,
Y con el hijo de Saturno diera
Su solemne permiso por que Rodas
Cuando sacara de la mar su frente,
Dominio suyo para siempre fuera.
Habló Jove, y cumplido fue al momento
La súplica del dios, y aquella isla
Brotó al punto del líquido elemento.

Del padre de la luz, que el rayo
enciende
Y en flamígero carro conducido
De ardorosos corceles, cruza el cielo,
fue la isla feliz. En ella tuvo,
Ornato de su suelo
Por su ciencia sublime,
Siete hijos que célebres han sido;
Uno fue Camirón; fue Lindo el otro,
Y aquel viejo Yaliso renombrado.
Entre sí dividiéronse la herencia;
De cada cual el nombre le fue puesto
Al reino confiado a su prudencia.

Allí, pues, Tlepolemo,
De los Tirintios Príncipe potente;
Se vio ya libre del pesar extremo
Que amargaba su vida tristemente.
Cual a un ser inmortal, con digna pompa
Le ofrecieron la res en sacrificio
Y en los sagrados juegos, el juicio
Quisieron que dictase.
Enantes fuera Por dos veces
Diagoras de flores
Coronado; otras cuatro, de igual suerte
En el Istmo famoso así se viera,
Nemea olvidar le hizo sus penas,
Sin cesar otorgándole sus premios;
al fin obtuvo el de la docta Atenas.

Al fin también en Argos
El duro bronce; en Tebas y en Arcadia
Los labrados aceros o labores.
De Beocia en los juegos, y en Egina
Y en Pelene, seis veces los fulgores
De esa gloria que al mérito ilumina
Alentando alcanzaste:
Bien patente lo dice de Megara
El gran voto de piedra: mas tú,
Jove, Acatado en el ara
Que allá en la cumbre; de Ataviro tienes,
Donde el fulgor de tu poder se mira,
Llega a honrar, oh tú el padre de los bienes
El ardoroso canto de mi lira.

Concédele al que alcanza la victoria,
De la Olimpia en el suelo dulce y grato,
Vencedor de difícil pugilato,
Qué dé a los hijos de su patria gloria;
dale que su afecto se conquiste,
el de aquellos que viven más lejanos
en honrar el valor son los primeros,
Porque huella a la vez con firme planta
De la recta justicia los senderos.
El paternal consejo, bien lo sabes,
Observó cual Oráculo divino.
Da las glorias que ilustran soberanas,
A aquellos a quien dióles el destino
De Calianacto descender. Ahora,
Alegre, anime a la ciudad fíente
La gracia encantadora
De las festivas danzas,
De los diestros Herátides. ¡Mas cómo
Es fácil nos ofrezca de repente
Cuando la paz nuestros anhelos llena
El aire sus mudanzas,
Al vagar por la atmósfera serena!


Pagina anterior: POEMAS 3
Pagina siguiente: EL RUISEÑOR - Manuel Padilla Dávila