EL TEJEDOR DE LA VENTANA


Hace muchos años vivía en una de las islas Shetland una niña coja, llamada Grete. Su casa, construida con toscas piedras, tenía una sola ventana, y estaba situada a orillas de un voe, o lago de agua salada.

El techo se hallaba cubierto de césped en el que crecían flores de todas clases, y los trozos de la capa protectora, a fin de evitar que fuesen arrastrados por los vientos, estaban sujetos unos a otros, con cuerdas de algas marinas, amarradas a algunas piedras. No había jardín, pero en cambio el suelo era un lecho de fina arena, abundante en conchas de varios colores, a causa de que las olas rompían a poca distancia de la casa. En el centro de la única habitación ardía el fuego; y como no había chimenea y el humo debía buscar su salida, las paredes ofrecían un aspecto negruzco. Una ternera, varios cabritos y algunos cerdos disfrutaban del calor en invierno; y como Grete y su madre eran pobres, su ajuar quedaba reducido a una mesa donde hilaban la lana del ganado, y con ella hacían medias y ropas para los pescadores.

Grete, sentada a la ventana con su rueca, dejaba vagar su vista recordando los paisajes en las invernales tempestades y sentía miedo al pensar en el mar embravecido, causante de la muerte de su padre y de su propia cojera, que le impedía tener parte en los juegos de sus compañeras; pues con frecuencia llegaba a pasar hasta días enteros echada en la cama, sufriendo horribles dolores.

Un día, en que el mar se hallaba muy agitado y las olas salpicaban la ventana, empañando los cristales, Grete, cuya pierna le producía grandes dolores, estábase acostada en el lecho; sus dedos, perezosos aquel día, no trabajaban, y abstraída, se fijó de pronto en una araña que empezó a tejer su tela en un rincón inmediato a la ventana. Poco a poco la araña, después de varias evoluciones, llegó a terminar una especie de rueda con muchos radios que se juntaban en el centro de ésta, y a cuyo alrededor comenzó a dar vueltas con suma rapidez.

De pronto le pareció a Grete que la araña se agrandaba y que su tela llegaba a cubrir la ventana y volvíase blanca como la nieve. Le pareció después que la araña se transformaba lentamente hasta quedar convertida en un hada, que a su vez se transformó en un hombre pequeño y extraño, cuya cara tenía un color sumamente raro. Aquel hombrecillo, inclinando su diminuta cabeza hacia ella, le dijo:

-Mírame, Grete, y aprenderás a hacer tejidos de punto.

Miró ella con atención y vio que, efectivamente, lo que iba tejiendo el hombrecillo era lana muy blanca y fina, que crecía muy aprisa bajo los dedos agilísimos del extraño y diminuto personaje.

De este modo aprendió la pobrecita coja a hacer aquellos preciosos dibujos con gran rapidez, y notó que con frecuencia el misterioso personaje volvía su cabeza y sonreía.

Repentinamente abrióse la puerta de la habitación, con gran sorpresa de Grete, a cuya vista apareció entonces una araña auténtica, y una tela como las que se ven todos los días. Además, la araña no trabajaba, sino que, acurrucada en una hendidura de las piedras del muro, parecía hallarse contrariada de no poder continuar su obra, pues algunas gotas de agua, filtradas a través de las rendijas, se habían depositado en la tela, e impedían su elaboración.

-Madre -gritó-; has asustado al geniecillo precisamente en el momento que yo aprendía cómo se hacen los puntos finos.

-¿Qué ha soñado la señorita de las algas? -dijo su madre-. Me siento fatigada, pues ha sido hoy un día de trabajo duro. Y, acto seguido, sentóse sin dar importancia al hecho de no contestar a Grete. Ésta de nada se dio cuenta en aquel momento, pues sólo pensaba en no olvidar el maravilloso dibujo que de modo tan extraño había aprendido.

Toda la noche soñó con él, y tan excitada y nerviosa hallábase al amanecer del día siguiente, que sin desayunarse apenas, emprendió su tarea ayudada por su madre, que le escogió la lana más blanca y fina. No salió el trabajo aquel día tan pulcro y fino como ella deseaba, y le sucedió lo propio al segundo; pero al tercero notábanse en su cara señales de satisfacción, que en los días sucesivos fueron acentuándose, al ver que su trabajo se asemejaba al que vio en sueños. Poco a poco, mientras su rueca giraba, le pareció oír la voz del geniecillo, que le decía: “¡Grete, prueba otra vez!”, en aquellos momentos en que ella sentía desfallecer su ánimo por no recordar bien el procedimiento soñado. Grete entonces volvía sus ojos a la tela de araña, que se presentaba con la forma de animado dibujo. Creía que el gnomo la ayudaba en su obra, al percatarse de que nunca había salido de sus manos la lana tan finamente tejida.

No tardó mucho en llegar hasta los vecinos la fama de la obra de Grete, y todos acudieron a contemplar el maravilloso chai que parecía hecho de encaje; ellos hicieron correr la noticia, que llegó hasta oídos de una gran señora de Lerwick, la que sintió deseos de comprobar si era verdad tanta belleza. Para ello envió un mensajero a Grete, a fin de que le entregase el chai y lo llevase a su presencia. La pobre cojita sintió muchísimo separarse de su obra, con la que se había encariñado en extremo; pero la madre la convenció, demostrándole el gran honor que para ellos representaba el deseo de la señora. Así pues, el mensajero partió para Lerwick llevándose la preciada labor, en tanto la niña permanecía triste.

Algunos días después, vio Grete que navegaba por el lago una barca con su blanca vela, la cual venía hacia su casa, y poco después desembarcó una señora que le pidió toda clase de detalles sobre su trabajo, haciéndolo con tal amabilidad, que Grete llegó a tranquilizarse del temor que en un principio la sobrecogió, y explicó a la dama lo mejor que pudo la forma como había llevado a cabo su obra. Marchóse la señora, después de dar por el chai a Grete una moneda de oro, y se quedó ésta sumamente satisfecha por ser la primera moneda de tan precioso metal que se veía en aquel país.

Como es natural, todas las mujeres de la isla quisieron aprender los trabajos de Grete, la que con suma complacencia enseñó a cuantas quisieron el procedimiento que producía monedas de oro; con lo que no sólo para Grete y su madre, sino para todos, vinieron mejores días.

Así llegaron a ser tan célebres las mujeres de Shetland en la confección de chales que parecen ser de encaje a pesar de hacerlos sin reglas ni dibujos, y que están elaborados con tanta habilidad que no han podido ser imitados por gentes de otros países; y se comprende, pues no tuvieron genio alguno que las enseñase, como lo hizo hace mucho tiempo el amiguito de Grete.