Mister Fogg, al fin es detenido. Por qué creyó perdida la apuesta


Tomando el tren hasta Dublín, y de aquí el vapor hasta Liverpool, les quedaban seis horas para ir de esta última ciudad a Londres. Hubiera sido lo suficiente, pero al desembarcar en el muelle de Liverpool, Fix, el detective, poniendo la mano sobre el hombro de mister Fogg y exhibiendo la orden de arresto, le dijo:

-En nombre de la reina, queda usted detenido.

Mister Fogg fue llevado a la prisión, y haría unas dos horas qué estaba en ella, cuando llegaron Picaporte y Auda en compañía de Fix, este sofocadísimo y con el cabello en desorden, anunciándole que había sido un error, pues el verdadero ladrón estaba ya detenido. mister Fogg ;no dijo una palabra; pero con automática precisión levantó el brazo y dé un tremendo puñetazo derribó al estúpido detective al suelo. Salió de allí con Auda y Picaporte, tomaron un carruaje para la estación, hizo poner un tren especial que lo condujera a Londres, y cuando llegó a la gran capital el reloj de la estación señalaba las nueve menos diez minutos. ¡Llegaba cinco minutos más tarde; había perdido la apuesta!

El pobre Phileas Fogg no ;sólo había perdido la apuesta, sino que había gastado toda su fortuna. Auda pretendía sacarlo del estado; de abatimiento en que se encontraba. Había acabado, realmente, por amar a aquel hombre singular y sereno que, en todas las ocasiones en que fue puesto a prueba, demostró tener gran corazón. Y él también estaba enamorado de ella, a pesar de que nunca se lo hubiera confesado. Por tanto, tuvo que ser Auda quien propusiera que, habiéndose Fogg empobrecido, necesitaría de alguien que lo consolara en su desgracia, y como ella le debía la vida, y quizá por esta razón había perdido la apuesta, a ella le tocaba el deber de hacerlo. mister Fogg encontró la proposición muy a su gusto y consideró que vendría a compensarlo del contratiempo padecido. Al día siguiente mandaron a Picaporte a entrevistarse con el cura de Marylebone, a fin de que hiciera los preparativos para la boda. Cuando volvió a entrar en su casa, casi no podía hablar de la emoción, pues el cura le había dicho que no se podía arreglar nada para el día siguiente por ser domingo.

-¿Hoy es sábado? ¡No puede ser! -exclamó mister Fogg-. Hoy es domingo y mañana lunes.

-No, señor -insistió Picaporte-. ¡Usted se ha equivocado de un día! Hemos venido veinticuatro horas adelantados. Ahora no le quedan más que diez minutos para llegar al club.

Y diciendo esto el diligente criado había cogido a su dueño por el cuello del gabán y, arrastrándolo hacia la puerta de la calle, lo metió en un coche antes de que tuviera tiempo de darse cuenta de lo que pasaba. Previa la promesa de una suma enorme, el cochero fustigó al caballo y consiguió llegar al club, después de haber atropellado a dos perros y embestido cinco carruajes. Pero Phileas Fogg pudo entrar en el salón de lectura a las nueve menos cuarto en punto. Había ganado la apuesta de 20.000 libras esterlinas. Sus amigos estaban allí esperándolo, como había sido convenido ochenta días antes.

¿Cómo fue posible que un hombre tan comedido y exacto se equivocara en veinticuatro horas en sus cálculos? Pues, sencillamente, porque no había contado con que yendo siempre hacia Oriente se ganan unos minutos todos los días, a pesar de que sir Francisco Cromarty se lo había hecho observar a Picaporte. Dando la vuelta al mundo en dirección Este, se gana un día; en dirección Oeste se pierde. Viajando Phileas Fogg continuamente hacia el Este, debía haber retrasado su reloj cuatro minutos por cada grado que pasaba, y como la circunferencia terrestre está dividida en 360 grados, si los multiplicamos por cuatro, nos darán exactamente veinticuatro horas, que es el día que él había ganado inconscientemente. En otros términos: mientras mister Fogg, durante su travesía, vio al sol pasar ochenta veces por el meridiano, sus colegas en Londres no lo vieron más que setenta y nueve. Así fue como el famoso reloj de Picaporte, que siempre había conservado la hora de Londres, había perdido un día justo.

Sólo nos resta decir que la encantadora Auda hizo a mister Fogg, a su debido tiempo, el más feliz de los hombres.

¿No se daría por menos que eso la vuelta al mundo?