La segunda invasión y la heroica defensa que el pueblo hizo de su heredad


Una nueva intentona realizaron los invasores al siguiente año; bajo el mando del general sir John Whitelock, once mil soldados escogidos fueron enviados a las bocas del Plata. Posesionados de Montevideo, se prepararon para asaltar a Buenos Aires con! ocho mil hombres, dejando a los restantes de guarnición de retaguardia en Montevideo y en Maldonado. El 28 de junio de 1807 desembarcaron en la Ensenada, y fueron enfrentados por la vanguardia de las fuerzas criollas, mandadas por Liniers. Éstas hubieron de replegarse, y los invasores consiguieron penetrar hasta los corrales de Miserere; divididos en varias columnas, se lanzaron al ataque de la ciudad propiamente dicha. Su marcha a través de las calles fue harto difícil y sangrienta, pues el vecindario habíase preparado esta vez para dicha contingencia, dirigido por el ilustre vecino don Martín de Álzaga; desde las azoteas se hacía fuego sobre las filas enemigas, cuyos jefes veían diezmar sus efectivos a cada paso, de modo que cuando llegaron a las proximidades del convento de Santo Domingo, cansados, hostilizados sin cesar por ejército y pueblo porteños, la sensación de la derrota dominaba ya el ánimo de comandantes y soldados británicos. Allí mismo capitularon las otrora orgullosas fuerzas de Su Majestad británica, varias de cuyas banderas permanecen desde entonces en las naves del templo de Santo Domingo, como trofeos de la victoria popular.

El gobierno británico habría de poner en juego, dentro de poco, la tradicional habilidad de su diplomacia y conseguir que la derrota militar se trocara en pingüe negocio, constituyéndose en interesado protector de la independencia de las antiguas colonias rioplatenses a cambio de ventajas comerciales amplísimas. Pero su intento de conquista sufrió una aplastante derrota, pues la muy noble y muy leal ciudad de Buenos Aires no aspiraba a tener nuevos señores; “o el amo viejo, o ninguno”, diría luego el patriota Manuel Belgrano.