UNA HERMOSA ACCIÓN

ANA MARIA, hermosa niña de 8 años, se dirigía como todas las mañanas a la escuela cuando vio a
un viejecito que, trepado sobre una escalera, recogía las manzanas de su huerto. 

La niña, que llevaba en la cartera su pobre merienda consistente en un trozo de pan, al ver aquellas hermosas frutas exclamó:
-¡Qué lindas manzanas! ¡Qué bien huelen y qué bello color tienen! ¡Ah, si pudiera comer una! 

En ese mismo momento ocurrió algo inesperado: una de las cestas repletas de manzanas, que el viejecito tenía sobre la escalera, cayó al
suelo. Las frutas rodaron desparramándose por el pasto, y el anciano bajó precipitadamente de la escalera. La niña corrió en su ayuda,
recogiólas en su blanco guardapolvo y se las fue alcanzando. Al poco tiempo quedó toda la fruta recogida y el anciano exclamó:
-Ilas sido muy amable, nena; toma, en premio, esta manzana.
-Muchas gracias, señor -le contestó Ana María-. No lo hice por esoagregó al tiempo que reanudaba la marcha rumbo a la escuela. 

Por el camino la niña no dejaba de mirar la dorada fruta. ;Con cuánta satisfacción iba a reemplazar su trozo de pan por aquella jugosa manzana! Sin embargo, durante el recreo, se conformó con su modesta merienda. Es que había pensado en Oscar, su hermanito, y bien valía ese pequeño sacrificio la alegría de verlo contento. 

Cuando llegó a su casa corrió a saludar a su mamá, y mostrándole la manzana a su hermanito, le dijo:
-¡Mira lo que te traigo!
-;Qué linda! -exclamó éste.
-¿De dónde la sacaste? -le preguntó la mamá.
-Me la regaló un anciano por haberle ayudado a recoger la fruta que se le había caído. Yo la guardé para compartirla con Oscar.
-¡Gracias! ¿Cómo pudiste conservarla tanto tiempo sin comerla?
-Pensé en la alegría que le iba a proporcionar y eso me contuvo.
-Ven a mis brazos, querida -díjole la mamá y, al tiempo que la abrazaba, agregó-: Tienes un corazón de oro.


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